lunes, 18 de mayo de 2015

Presencias.

Ella vino, la sentí,
en el oscuro de la noche
atravesando el umbral
donde moran los vivos
perturbando la tranquilidad
del primer sueño.

En la ventana, al acecho 
una lechuza con los ojos
puestos en mi 
arañando la garganta
en el perfil de un minuto
incomprendido 
preso del  pánico.

Ella vino, la olí, olí mi infancia
como cuando ella me peinaba
me adentro en un beso helado
hacía un rincón de la mente
no pude pararme a pensar, o no quise
en mi temblaba una lagrima
y la arrancaba a destiempo
el cuarto olía a ella y no a incienso.

Ella vino y también se fue
dejando intacto el recuerdo
como si fuese una partitura
que tocar más allá del alma
marcando unos cánones
en el silencio que posaba
en la cima de una aguja.

De rodillas clamando a Dios
por haber sentido a los muertos
rogando un camino hacia la luz
al espíritu libre en el tiempo
en el viento, en el tiento de las cosas.

No hay cosa más rara 
que a promedios de cordura
en esta edad que se ejecutan
los juicios en las muelas 
cuando ya apenas crees en nada
te cante una lechuza y en su mirada
haya una puerta en donde nacen
las sombras de lo prohibido.